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Domingo, 10 Septiembre 2006 a las 5:46 pm

Florida y La Casa Rosada

Es posiblemente el pedacito más importante de la historia de Argentina. Al balcón de este edificio se asomaron presidentes y dictadores. Enfrente, en la Plaza de Mayo (W), hoy separada por vallas, se congregan piqueteros, madres de los desaparecidos durante la dictadura, y hasta veteranos de la guerra de las Malvinas.

Llego un sábado cualquiera. No está marcado de manera especial en el calendario. Hay gente. Y se oyen gritos. De repente disparos. Helicópteros. Una voz de locutor de radio anuncia que el presidente va a salir al balcón. Proclamas. Mitines. Cualquiera que lo viera sólo de lejos se asustaría. Hay que acercarse para ver las caras resignadas de la gente y descubrir que se trata de un montaje audiovisual. Nunca he conocido un país donde los ciudadanos vivan la política como en Argentina.

Aquí, en la casa rosada, comienza el recorrido turístico para la inmensa mayoría de los visitantes a la ciudad. Existen dos teorías: la primera dice que la casa debe su particular color a la mezcla de cal, sebo y sangre de vaca que se utilizó para impermeabilizarla; la otra dice que el presidente Sarmiento ordenó pintarla así como gesto de buena voluntad hacia los dos partidos políticos mayoritarios de la época: los Blancos y los Colorados.

Buenos Aires nunca debió ser una colonia rica: no hay palacios, ni catedrales, ni quedan restos de fortalezas o murallas porque posiblemente en aquellos tiempos no hubo mucho que guardar.

Pero es una ciudad con mucho encanto. Con mucha vida. Pasear por la calle Florida es enfrentarse a hordas de turistas como yo, a ejércitos de repartidores de propaganda; algún trilero y críos de apenas unos cuantos años que se echan a llorar con aspavientos si no les das una moneda; tangos en la calle; puestos de magia; tiendas de ropa y librerías. Y todo regado con mucho ajetreo. Hay que verlo. Hay que vivirlo.

(actualización de fotos en Flickr)

 

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